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domingo, 23 de enero de 2011

BARCOS






Se asumía en las esferas vanguardistas más selectas que si Eduard Montreal esbozaba una nueva obra cinematográfica, sería para reducir a cenizas todos los conceptos preestablecidos de las filmografías surrealistas ortodoxas. No contento con los retorcidos y transtornados escenarios en los que se desarrollan sus habituales historias, el conocido dramaturgo, guionista y director de cine, Eduard Montreal, da un giro de tuerca, helicoidal y oscilatorio, a su perpectiva artística. En su nuevo largometraje; “Barcos”, el autor, empeñado como de costumbre en desnudar emocionalmente al espectador, nos sorprende con una cinta pulcra y clara que no dejará a nadie indiferente.


En este filme, las maravillas de la arquitectura sentimental humana se descubren en los acontecimientos que acaecen en un tránsito marítimo nocturno de 8 horas de duración. La belleza que emana del comportamiento para-racional de las personas, gente anónima que comparte desgastados patios de butaca, sórdidas salas de proyección de cine y malolientes urinarios de un barco vacío, se describen mediante el más minimalista de los encuentros humanos: La Compañía Inevitable. El director centra gran parte del argumento en las complejas interrelaciones que se forjan en los cruces de mirada; en los largos pasillos y en las ventosas bordas del viejo buque.


Al ver esta película uno siente que se pierde en un mar de reproches a la sociedad. Quién es quién en un mundo tan individualista, se pregunta Montreal. La respuesta se advierte en la magníficas metáforas que se despliegan a lo largo de las 2 horas y 23 minutos de inspirado fulgor creativo. Como colofón, una intrigante y cuidada banda sonora que deambula elegantemente por los agudos ángulos de las paranoicas visiones del dadista cineasta.


Películas de esta talla, sin opción alguna a establecer analogías, recuerdan cómo grandes autores que quedaron para la historia, iniciaron la inflexión de su obra en un punto donde la magistralidad se desveló como el agua que fluye inexorablemente hacia los cauces de la gloria. Un perro Andaluz de Luis Buñuel estableció un hito. ¿Está Barcos en ese punto en el que Luis Buñuel suspiró la excelencia en un cine parisino? El tiempo lo dirá.

jueves, 13 de enero de 2011

Amor, como el que deshidrata la vida

Justo cuando confiábamos en que ya se había dado cuenta de que dedicarse a esto era un error, la directora Anabela Cojete nos ha sorprendido nuevamente con otra película absolutamente evitable. Por alguna razón que se me escapa, la famosa realizadora de lisérgica publicidad de pañales para la tercera edad sigue obnubilada a tiempo completo con una incomprensible percepción de sí misma.

El fruto filmográfico de subvención cultural que nos ocupa es un largometraje denominado Amor, como el que deshidrata la vida, que nos cuenta las vicisitudes amorosas de Antoni, un idealista barcelonés criador de una rara especie de conejo mongol en peligro de extinción, y la hija de un cacique local de Ulan Bator.

Para no variar dentro de la filmografía de Cojete, en el apartado técnico toda la película se ve envuelta en un halo pretencioso que sonroja: insufribles plano-secuencias sin sentido, colorines, filtros y saturaciones en la fotografía que no vienen a cuento, rupturas de eje que tienen más de cambio de humor premenstrual que de elemento artístico, planos cenitales de casi un cuarto de hora... todo un derroche de medios. Bueno, todo un derroche. A secas.

La historia es típica pero se desarrolla sin vergüenza (quede constancia de que dudé si separar o no el sustantivo de la preposición): chico conoce a chica, chica se encapricha con chico, chico se beneficia a chica, padre de chica manda a dos sicarios a matar a chico, chico se caga encima y llora por su vida y, finalmente, chica pierde el interés. Nada que no se haya contado antes y muchísimo mejor.

El elenco está formado por pastores mongoles y chinos en su mayoría y un señor que había perdido un vuelo a Hamburgo del aeropuerto de El Prat que gustó mucho a la directora es quien finalmente dio vida al español protagonista de la historia. Esta elección arbitraria y poco acertada de los "actores" fue otro de los asomos de postmodernidad que sepultan el resultado en el más oscuro y húmedo de los despropósitos.

Amor, como el que deshidrata la vida es una obra coral... pero de arrecife de coral, de ésos que hacen naufragar los barcos, tal y como naufragan en nuestro caso la frágil historia, la patética construcción de los personajes, la pésima actuación y el pretencioso despliegue de medios técnicos. Y como la guinda caramelizada de la tarta, una banda sonora de Marlango.

Con todo lo dicho ésta es, sin duda alguna, la mejor película de Anabela Cojete producida hasta la fecha.



Anabela Cojete proviene del mundo de la publicidad, campo en el que ganó innumerables premios. A finales de la década de los 90 hizo su entrada en la industria del cine con el estreno de su primer corto, Poleas que aserenan las ánades (1996), tras el cual siguió con su criminal carrera cinematográfica con las películas Tras instantes de perífrasis (1998) y Sin palíndromos en la sutura (2001). Ahora nos ha decepcionado volviendo casi diez años con esta nueva plaga y en España tendremos que aguantar estoicamente el vilipendio del resto del mundo, como ya se hizo con la leyenda negra de la inquisición, la traída de la sífilis del nuevo mundo o la foto de Fraga en bañador.