Recent Posts

Mostrando entradas con la etiqueta Distopía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Distopía. Mostrar todas las entradas
miércoles, 5 de octubre de 2011

Mientras dure la última guerra


Corren tiempos perfectos para recuperar la visión apocalíptica que Philip Zuggsmith refleja en su obra más conocida: "Mientras dure la última guerra".

Publicada en 1960 por el controvertido norteamericano, que emigraría a la Alemania Oriental apenas cinco años después, "Mientras dure la última guerra" es un libro que abunda sobre la distopia de la misma manera en que lo hicieron otras obras como "1984", "Un Mundo Feliz" o "Farenheit 451". Si bien en el momento de su publicación la plausibilidad de su futuro imperfecto se encuadró en la misma imposibilidad en que se situaban los futuros descritos por el resto de novelas mencionadas anteriormente (asumiendo que su papel es el que se le presupone a una fábula con moraleja, a una mera advertencia metafórica) lo cierto es que, de todas ellas, es la más cercana a la situación de un mundo como el actual... siempre que, por supuesto, la analicemos a través del debido prisma conceptual.

En el mundo descrito en la novela, una gran crisis energética hace tambalear los cimientos de una sociedad que se creía invencible. Situada en un futuro cercano a nuestros días, vemos cómo la guerra fría ha continuado entre el bloque soviético y el capitalista aunque la presencia del primero sea prácticamente testimonial, a la sombra de unos países muy poderosos que se han hecho con todas las reservas petrolíferas del mundo con la obvia excepción de las remanentes fuentes siberianas. La imposibilidad de terminar con el polvoriento y desfasado gigante soviético y dada la perenne amenaza de una guerra nuclear en el ambiente, los estados que conformaban el mundo libre han ido dando la espalda y aislando a la díscola confederación de estados soviéticos y europeos que malvive en un estado de permanente y asumida pobreza. Tras varios intentos de los servicios de inteligencia norteamericanos que estuvieron a punto de lograr la rebelión de los pueblos ruso y alemán oriental, la doctrina en cuanto a la diplomacia y política exterior entre ambos frentes parece ser, simplemente, ignorarse.

Pero llega un momento en el que empiezan a escasear las reservas petrolíferas y la vida, tal y como se conocía en el mundo más rico y despreocupado, cambia para siempre. Una crisis sin precedentes, que deja sin capacidad de maniobra a los acomodados habitantes del mundo libre, hace que la experiencia vital consistente en perseguir el sueño se vea vacía de contenido. La crisis existencial, que sólo existía en libros que nadie quería leer y películas que nadie pagaba por ver, se convierte en una constante. Los gobiernos, títeres desde hace años de las grandes empresas de producción de energía, se encuentran ahora con una población hostil en su seno, y hostil en cuanto a que se acostumbró a vivir demasiado bien y no está dispuesta a ver cómo todo desaparece de la noche a la mañana. El fin último, el producto de una sociedad cimentada en el oxímoron del crecimiento perpetuo, rebelado contra su creador, contra su generatriz.

En este momento da comienzo la historia. Londres es destruido, por sorpresa, a raíz de un sabotaje tras el cual se esconden los servicios secretos rusos. La acción de la novela se centra en Aleister, un periodista galés que se salva por muy poco de la muerte la fría noche de febrero en que la capital británica dejó de existir, al recibir una serie de informes de la embajada norteamericana en París que le hacen emprender una investigación: hay evidencias que apuntan a que Londres puede haber sido destruida por los servicios de inteligencia estadounidenses.

Y es que quizá no exista tal guerra con los soviéticos. Quizá, de hecho, ni tan siquiera exista eso que llamamos soviéticos desde hace años. Mientras dure esta última guerra, el descontento de la población, empobrecida de la noche a la mañana y, sin duda, muy enfadada por ello, pasa a un discreto segundo plano.
martes, 1 de febrero de 2011

Debemos un gallo a Asclepio

El físico teórico británico Robert Alongside nos sorprende esta semana con la publicación de una novela de ciencia ficción que es mucho más de lo que puede parecer en un primer momento.

Autor muy prolífico en cuanto a publicaciones científicas y últimamente muy conocido por sus amenos libros de divulgación, Alongside debuta con Debemos un gallo a Asclepio en la novela de ficción, más concretamente en la ciencia ficción distópica.

La novela nos sitúa en el año 2723 en Atenas, capital de turno de la República Unificada de Europa, en un entorno en el que la no existencia de enfermedades ha alterado la manera en la que el ser humano se relaciona con el resto y el modo en el que se plantea su existencia. En un mundo en el que el ser humano que se lo puede permitir económicamente guarda copias diarias de seguridad de su "alma" (entendiendo el alma como el modelado de todas las conexiones neuronales en el cerebro de una persona así como el estado de todas las terminaciones nerviosas en el momento de la copia) y sólo puede "morir momentáneamente" a causa de un accidente, la reproducción humana se limita a una eugenesia diseñada para la colonización de planetas y estaciones espaciales y a la réplica del modelo de "alma" de una persona almacenada en una base de datos, en caso de necesidad. El ser humano ha logrado, gracias a los avances de la ciencia médica, vencer a la muerte, vivir en plenitud física y mental de manera eterna y burlar cualquier tipo de malestar devenido de las enfermedades.

Una vez presentado el ambiente de la novela, su acción se dispara cuando tiene lugar un ataque terrorista que destruye un Banco de Datos de Vida en Oslo, acabando con las copias de prácticamente toda la población de Escandinavia. A consecuencia de la explosión del edificio se registran también las dos primeras muertes totales en el primer mundo en más de 200 años. A este ataque terrorista suceden otros en distintos lugares del mundo, por lo que el miedo a la muerte vuelve a asolar a quienes ya se habían olvidado de dicha sensación.

Andreas Goumenos, el protagonista de la historia, es un periodista ateniense que empieza a recibir mensajes de quienes, a primera vista, parecen ser los causantes de los ataques. Siguiendo la investigación de Goumenos vamos descubriendo que el gran boom científico de los siglos XXI y XXII tuvo muchas más sombras de las que se conocen, ya que sólo los más poderosos pudieron acceder a las mejoras sanitarias que mejoraban su vida. Lo que se denominaba tercer y cuarto mundo fue muriendo y desapareciendo antes que uniéndose al primero para participar del desarrollo... pero Andreas va a descubrir que no todo ese mundo de segunda categoría desapareció.

Es importante recalcar que Alongside no nos pinta un mundo regido por fieras dictaduras, con seres controlados por drogas mentales o con censuras brutales de la información. Se aleja así el autor de las más conocidas distopías como pueden ser 1984 o Un Mundo Feliz. Alongside perfila una sociedad tan extensivamente conectada, con tal acceso ilimitado en la práctica a una cantidad tan inabarcable de información, que las tendencias narcisistas y hedonistas de tal sociedad inmortal y amoral se encargan de moldear y recortar la realidad sin necesidad de ser dirigidas por seres supremos o grandes hermanos. En este punto creo que Robert Alongside da en el clavo al plantear una distopía que no cuesta nada creer tomando el momento actual como punto de partida.

El título de la novela, Debemos un gallo a Asclepio, rememora las últimas palabras de Sócrates que dijo antes de morir envenenado con cicuta, castigado por haber sido encontrado culpable de, entre otras cosas, no creer en los dioses. La referencia a Asclepio, el dios de la medicina, ha sido considerada a la vez una burla y un arrepentimiento del filósofo cuando éste vio a la muerte acercarse. Esta dualidad en su significado es utilizada por el autor para acentuar la crítica al uso capitalista de los avances científicos así como para realizar una reflexión acerca de la amoralidad a la que puede conducir la consecución de los fines utópicos de la investigación médica.

¿Es una constante en el ser humano querer ser dios? ¿Es ése el sentido de su existencia? ¿Debe tener finalidad esta huida hacia adelante o es sólo el movimiento hacia un futuro inalcanzable lo que debe motivar a la ciencia? Pura filosofía de la ciencia la que se encuentra entre las líneas de este libro, que paga con creces la deuda de Sócrates a Asclepio.
lunes, 17 de enero de 2011

Los hombres Cubeta


Los Hombres Cubeta, es la última obra de Melvin Jefferson, un nuevo autor de ciencia ficción conocido entre los internautas por las infinitas descargas diarias de sus relatos publicados en pdf. Ahora Jefferson se ha atrevido con la novela siguiendo fiel a su ámbito, la más pura ciencia ficción, de la que los muy aficionados al género llamarían hard CiFi.

En ella recrea una sociedad futura en la que el poder está centralizado en manos de una sociedad oculta. Cada país conserva su estructura política, pero mediante el Tratado Antártida, lugar en el que se reunieron los principales dirigentes de las grandes potencias en el año 3075, se llegó al acuerdo por el que unos pocos, pero unos pocos con nombre y apellidos serían los que llevarían el rumbo del mundo desde sus apartadas mansiones. Cada una de esas personas posee un conocimiento que le hace imprescindible, contribuyen al desarrolo de las nuevas tecnolgías que dominan el total de las actividades diarias de la población, y son conocidos entre la mayoría como "los poderosos". De esta manera, el objetivo principal de estos dirigentes es el de avanzar a través de la técnica y la industrialización siguiendo un concepto lineal del tiempo, en dónde el avanzar, ir hacia adelante es igual a menos probabilidades de error independientemente del fin moral, de la dirección del descubrimiento. Igual que en la sociedad de Un mundo feliz, la población está dividida según su estatus, Alto, Medio y Bajo, pero sin llegar a estar condiconados a nivel inconsciente como en la gran obra de Huxley.

A oídos de Mathew, un escéptico operario de la tercera escala social, llega el rumor de que existe una clase inferior que primos de amigos han visto con sus propios ojos. Se les conoce como el Cuarto Grado. El chico, un joven de 35 años, aunque profundamente descreído, empleará todas sus energías para desmentirlo. Es así como se adentra en los rincones más oscuros de la pulcra modernidad en la que vive. Explora lugares insospechados... y descubre que verdaderamente existen facetas que Los Poderosos han logrado esconder a la vista de todos, y que su inmundicia se sustenta en su terrible asepsia y deshumanización. Así, en una cafetería, por descuido de un señor con aspecto de dominguero (fachada para ocultar su autentica identidad), se topa con el hallazgo de que existen los denominados Agentes C. Se hace con su placa identificativa que le abrirá todas la puertas en su viaje iniciático pues son los escargados de vigilar que las tres capas sociales no descubran la gran entraña. Es decir El hospital, lugar en el que viven los denominados Hombres C, u hombres Cubeta.

Mathew es testigo de su brutalalidad. Gigantescas habitaciones esterilizadas, cuyas paredes están cubiertas por estanterías color lavanda repletas de cubetas con personas o miembros sueltos flotando en su interior. Es un gran laboratorio en dónde la materia prima es el humano sin su humanidad. Especímenes que viven para las necesidades específicas de la primera clase dominante en el mundo. Generar células madre, sustituciones de cerebro (en este caso crean al cerebro de forma independiente, ninguna de las personas que vive en el hospital tiene conciencia alguna), extracciones de sangre, mujeres-útero, trasplantes de órganos en general, y en los casos más terribles, amputaciones con fines estéticos. Y por supuesto, clones de Los Poderosos cuidadosamente mimados.

Es en definitiva una historia muy similar a La Isla pero con un trasfondo más utilitarista si cabe, ya que el centro de la obra no es el Hospital sino el camino del ciudadano de a pie hasta el corazón mismo de su sociedad.

La ambientación futurista de la novela sobrecoje por su particular frialdad. Su desarrollo tiene lugar en una sobria actualidad en dónde los lugares, las vestimentas y los objetos quedan reducidos incluso estéticamente a su funcilonalidad. En este ambiente, acongoja la forma en la que incluso cuando Mathew se adentra en su parte más oscura, esa sensación de contínua pulcritud aumenta.

La recta final, en la que por fin se da una toma de contacto con los sentimientos del protagonista, es sin duda lo mejor de la obra. Titulado "El Amor", el decimotercer capítulo del libro comienza con el relato del doloroso encuentro con Megan, amor platónico de Mathew desde su más tierna infancia, vagando con la mirada perdida por los pasillos de la Sexta Planta Inferior. Infiltrado como agente descubrirá que ese último nivel situado en el sótano, está destinado a individuos que en algún momento formaron parte de la sociedad pero cuyas cualidades fueron objeto de envidia de algún Poderoso. Este capítulo final hace que merezca la pena sufrir y sentir la desazón que trasmite el protagonista a lo largo de sus páginas.

A pesar de las coincidencias en los detalles generales de la trama, es su particular lirismo lo que la hace una obra única. Seco y distante al principio, implicado en su asombro en cuanto más se acerca a la desesperanzadora verdad, para terminar con una expresión frágil que recuerda a la delicadeza y soledad que se desprende de los relatos de Bradbury en sus Crónicas Marcianas.

Espeluznante distopía que se asemeja de manera inquietante a la realidad de nuestro presente. Desde Vacío Perfecto, animo a Melvin, a quien conocí personalmente en un foro de física, a que no se conforme con estos territorios de "irrealidad" y luche por su obra.