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domingo, 13 de noviembre de 2011

Terra-Maraviglioso


Tito, Matteo, Giacomo, Chiara, Isabella, Sandro, Francesco, Enrico, Bianca, Anna, Luiggi y Matilde son algunos de los cientos de miles de habitantes de Terra-Maraviglioso, lugar que da nombre a la novela, es el país en el que no existen los problemas ni las preocupaciones. No hay un protagonista concreto, a lo largo de la narración el relevo de monólogos interiores intercalados con diálogos conforman la complejidad de un sólo personaje que es el habitante de ese país. Una mujer en oposición a una señora y el contraste entre ambas realidades, un niño y un adolescente, un anciano... narra situaciones cotidianas que conforman esta particular realidad a través de todas las fases de la vida, sin caer en la linealidad. No hay nada que llame la atención, es una rutina apacible y no edulcorada. Pero todo empieza con el capítulo la noticia, en el que en el telediario dan como dato habitual “las bajas”. Al principio da la sensación de que se tratan de las bajas de una guerra, o de algún conflicto en el exterior... pero entonces se nos precipita el capítulo más espeluznante que he leído por el sentido que toma a posteriori, Hábitos para la muerte. Una niña de ocho años recoge su habitación, y por sus pensamientos y fantasías se conocen sus miedos y sus ilusiones, un universo infantil en dónde todo resulta grande y nuevo, un sueño que se interrumpe a intervalos por la rutina que la niña recita como deberes del día a día. Y esos terribles rituales exigen acostumbrarse, estar preparados para morir en cualquier momento y a vivir como si cada día fuese único. Porque esas bajas, se sabe más tarde a través de Paolo, son “exterminios controlados” de la población que realmente sufre por la asfixiante carencia de alimentos y extensiones naturales.

Nestore Doménico comienza una historia muy bien narrada, llena de vida propia, que nos evade de la realidad para terminar cayendo en una realidad de panfleto, de manera que es preferible volver a la nuestra. Porque si bien parte de un planteamiento interesante, con el que pone sobre la superficie ese terror generalizado y no confeso de solucionar la crisis de manera drástica, acaba convirtiéndose en un grito simbólico propio del mismísimo Emilio Restrepo. Merece la pena leerlo porque es una manera sencilla de viajar a una Italia imaginaria y acompañar desde muy cerca a personas muy distintas, pero es una pena que no haya desarrollado todas las posibilidades que daba la idea principal. Terra es la primera de sus tres obras publicadas hasta ahora, y mi preferida es sin duda Non capisco, la más íntima y personal.

viernes, 29 de julio de 2011

Marcial Tampoco

Desde Perú nos llega el último trabajo del novelista Aurelio Malpisar, Marcial Tampoco, la segunda parte de la trilogía Historia de tantos tontos. Esperada continuación de una publicación que, quién sabe, posiblemente marcara un antes y un después en la literatura iberoamericana... pero que casi seguramente no lo hizo. No, definitivamente creo que no lo hizo. Ni de lejos.

La acción se retoma cinco años después del momento en el que la deja la primera novela, la premiadísima Baltasar Nopuede. Malpisar nos lleva en este episodio al primer día de colegio del hijo del protagonista, Marcial, apodado Tampoco porque, del mismo modo que su fallecido padre, presenta una enfermedad psicosomática que le impide realizar actividades de una manera aleatoria. Por ejemplo, un día Marcial no puede pronunciar correctamente la letra r, aunque su dicción fuera perfecta antes de ese momento, para que a la semana siguiente esa tara le desaparezca pero, en contrapartida, se muestre absolutamente incapaz de cerrar los ojos.

Siempre con un impedimento, nunca más de uno simultáneamente, la novela nos cuenta la vida de la segunda generación de esta familia del mismo modo que lo hizo su novela predecesora: cada capítulo es un "esta vez no puedo" distinto. Marcial Tampoco luchará contra el devenir del destino a la vez que contra su especial condición, la cual le hace único, adorable y, por qué no decirlo, un poco imbécil.