
El Universo en una caja de zapatos es una novela que sitúa su acción en un momento que, si bien es indefinido, puede suponerse encuadrado en un futuro muy cercano. En dicho momento tiene lugar el que podría denominarse como el descubrimiento más importante llevado a cabo por la ciencia: el universo, tal y como lo entendemos, no existe.
Tras una gran cantidad de pruebas llevadas a cabo en el acelerador de partículas del CERN, la comunidad científica asiste a algo peor que la incertidumbre, y esto no es otra cosa que el despropósito que supone el conocimiento con absoluta certeza de que la realidad es una indeterminación dirigida donde la materia presenta un comportamiento estocástico orientado hacia un fin.
Lo que en un principio parece (y así es visto por muchos) como la prueba empírica de la existencia de un dios o hacedor que mueve los hilos a su antojo da la talla, según avanza la novela, del verdadero tamaño de la tragedia: con los datos inapelables se llega a la conclusión axiomática de que el universo no tiene entidad propia y que nuestra realidad perceptible (y la que sólo podemos modelar con complejos sistemas matemáticos) es una mera simulación realizada dentro de una caja de zapatos, como resultado del proyecto científico de fin de curso de un niño de entre 11 y 12 años.
Los datos no mienten, las ecuaciones no fallan y no caben voces discordantes entre los científicos más relevantes del mundo. Es una verdad tan irrenunciable como dolorosa y todo intento de refutar este resultado acaba en una pataleta matemática inviable que no se sostiene en pie. Es la gran noticia de la historia de una humanidad que acaba de descubrir que su misma existencia es falaz.
La autora realiza una pequeña radiografía de la sociedad, detallando cómo acoge la gente de diferentes condiciones la noticia de que su existencia no trasciende a la de un evento unitario derivado de la acción pseudoestadística de un conjunto extremadamente grande de variables a nivel subatómico. Aunque haya quien enloquezca, se suicide o viva de manera desenfrenada sin mirar las consecuencias de sus actos, lejos de que este descubrimiento suponga el fin de la civilización humana la autora propone la manera en que se intenta llegar a un acuerdo tácito: no se tendrá en cuenta el pequeño detalle de la no-existencia de la realidad y la vida debe continuar tal y como se había vivido hasta el momento de descubrir la dolorosa verdad.
Hay quien quiere ver en esta novela, escondido entre sus distintas tramas, un tratado filosófico acerca de la necesidad por parte de nuestra civilización de un buen número de indeterminaciones inmutables de base que impidan el conocimiento pleno, ya que dicho conocimiento sólo nos guiaría al desasosiego, al desorden, al caos y, por ende, a nuestra práctica autodestrucción. Sea así o no, es una novela que por poco no entra en la categoría de ciencia-ficción, ácida y muy divertida de leer, con pasajes esperpénticos que bien podría haber firmado el mismísimo Stanislaw Lem.
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