
A la salida de un circo itinerante de baja categoría, un anciano polaco adiestrador de mandriles, es insultado por un grupo de activistas contra el maltrato animal. El circense eslavo, con paso cansado y actitud optimista se dirige explicativamente a sus detractores con uno de sus simios cogido de la mano. El mandril de nombre Copernicus, triste, observa la discusión con expresión catatónica. Uno de los manifestantes, en un arrebato de violencia subversiva, enarbola uno de sus sólidos puños juveniles y asesta un brutal golpe que acaba con el viejo de rodillas. Con la cara ensangrentada se gira hacia su absorto compañero mascullando crujientespalabras entre sus dientes partidos; con odio medieval. Al recibir el mensaje, Copérnico, conservando una nítida neutralidad, abre sus grandes faucesy emite al cielo un sonoro y desagradable rugido. Al instante, ciegos de ira, un nutrido grupo de veloces mandriles atacan despiadadamente a los allí presentes. El resultado; 5 personas muertas y 15 amputaciones, 25 heridos graves y multitud de heridos leves con mordeduras y arañazos.
Con este espectacular comienzo nos asombra una vez más el novelista y antropólogo Arcadio Fuego. Para quienes no lo conozcan, estamos hablando del autor de títulos tan variopintos como“Estoy vivo”; “El hombre, las Matemáticas y las Sillas de Ruedas Voladoras”, “Ahogados por el Sarro” o su bestseller más popular, “Como acabar con China por medio de la Antropología”. Su carrera de escritor ha apreciado un paulatino desarrollo al más puro estilo Michael Jackson, término acuñado entre los círculos de escritores de poca monta para referirse a aquellos que comenzaron como “Negros”, escribiendo basura literaria a las órdenes de famosos que no sabe distinguir una coma de un espacio; y que poco a poco fueron emblanqueciendo sus libros hasta poder publicar sus escritos firmando con sus propios nombres.
En su última novela, “Mandriles asesinos o sociópatas colaterales”, y cuyo primer capítulo ha sido levemente resumido en el primer párrafo de mi exposición, el autor trata de ironizar acerca de los valores que mueven la sociedad y los puntos en los que estos valores chocan de frente contra los rudimentarios estamentos de las leyes naturales. “Vivimos para juzgar y ser juzgados sin ni siquiera conocer el suelo que pisamos, hacemos una evaluación organoléptica del mundo que nos rodea y lo hacemos con una pesada carga, una carga fruto de la trasmisión de conocimientos de generación en generación”; nos cuenta Arcadio desde su cómoda butaca de cáñamo de su estudio madrileño. “las leyes, las religiones y las recetas de comida; la mayor parte de la ciencia, la política y la asquerosa manía de afeitarse, no son más que impedimentos para sentir que somos lo que somos. Somos A-NI-MA-LES”. Termina agregando: “son la guerra y la economía los elementos más sólidamente agregados a los pilares de nuestros instintos profundos y la autodestrucción nuestro más preciado tesoro”
Cierto es que la dureza con la que el novelista ataca a su propia especie, no está en concordancia con la maravillosa tarta de requesón con fresas que nos ofreció en la entrevista. Explicó que tiene la manía de escribir solo por las noches y que por lo tanto su literatura no puede ser sino pesimista. El catedrático en antropología, con las 467 páginasde su último trabajo, reduce a añicos cualquier intento de reproche a su habitual pesimismo,con audaces frases y razonamientos incuestionables. Una gran lectura indicada para aquellos que quieran ver más allá y así, estar más cerca de si mismos.
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