
Una habitación vacía y una casa abandonada, en el suelo del pasillo los restos moribundos de un hombre con las venas cortadas. Así comienza “y no lo verán mis ojos”, la última obra de Marcela Corbino. La autora se adentra nuevamente en la peligrosa senda de la desesperación humana, con hábiles líneas teje una historia repleta de soledad, que rezuma dolor y que nos adentra en las peligrosas cavernas que horadan la sociedad moderna.
El dramatismo inicial de la obra permite a la autora recrearse en el dolor físico, en la agonía vital del personaje principal convertido en víctima contra su propia voluntad. Nos muestra los desgarradores efectos que tendrá la novela en ese personaje que ahora nos inspira compasión, del revoltijo de sangre y lágrimas, avanzaremos al universo mental y a la maraña sentimental de Pedro.
Los círculos del Madrid bien se desarrollan con un tratamiento de fingida admiración, de comodidad efímera, de felicidad de cartón-piedra, la autora con un lenguaje señorial se parecen burlar de aquella sociedad, dándole un tratamiento que la autora no siente, entregándole la misma falsedad que nos permite entrar en esos salones a través de las palabras escogidas por la autora, al leer la novela vivimos lo superficial que la autora nos quiere mostrar.
Más allá de esta crítica social heredera de la novela decimonónica nos encontramos con el drama de historias entrecruzadas, de tríos amorosos y de decepciones personales. El Pedro agonizante nos aparece como actor de primera fila en el reparto de la alta sociedad, cubierto por sus errores, pero sin caer en el maniqueísmo de no aportarle virtudes. Vemos en Pedro la esperanza y cierta inocencia que conmueven, la ternura y una estupidez supina que le harán una vez tras otra creer en las personas que danzan en el ballet impostado de los salones de moda.
El trepidante ritmo de la novela nos lleva sin cesar a una montaña rusa de sonrisas y sufrimiento en el camino que va a conducir al Pedro risueño y despreocupado al cadáver sanguinolento que da comienzo a la historia.
Sin embargo no se podría entender la novela sin la antagonista de Pedro, Nerea. Nerea es una chica humilde, trabajadora y lista, independiente y que ha tenido que aguzar el ingenio para sobrevivir, una extraña del ambiente en el que navega el libro, hija del otro Madrid cuya relación con Pedro se basa en el interés, pero que no puede ser presentada como mala o culpable sino como criatura de sus circunstancias.
El choque entre ambas culturas tiene un toque moralista y en cierto modo elitista; Marcela nos presenta la fuerza de Nerea dispuesta a sobrevivir a cualquier precio, que ve la vida como un combate, frente a Pedro que no entiende la vida sino como un camino hacia la felicidad. El choque inevitable entre ambos mundos es vencido con relativa facilidad por Nerea, el deseo de vivir es su fuerza y como en la naturaleza, el depredador devora a la presa, el mundo de Pedro se desvanece, mientras el de Nerea triunfa, pero los ojos de Pedro no la verán coronada y victoriosa.
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